lunes, 5 de noviembre de 2018

Jornada literaria

En el turno tarde se realizará una jornada de lectura de alumnos , supervisada por docente, en el mes de noviembre fecha a designar

6 de noviembre

 Día de los parques nacionales

https://www.parquesnacionales.gob.ar/2018/10/nuevo-parque-nacional-en-buenos-aires-se-creo-ciervo-de-los-pantanos/

viernes, 26 de octubre de 2018

Dibujos

Más ilustraciones de Pablo Chamber

martes, 23 de octubre de 2018

Cuento de Mora Marabi


Abrí los ojos y vi luz entrando por mi ventana. Era la mañana. Me di vuelta y vi a mamá, que siempre venía a despertarme. Me levanté de mi cama que estaba en una esquina de mi habitación para ir a la escuela. Justo al lado de mi cama estaba el escritorio donde hacía la tarea y del otro lado estaba el mueble donde guardaba mi ropa. Fui a la ventana y la abrí para saber si hacía frío o calor. Hacía frío, así que agarré ropa de invierno y me vestí.
Fui al baño para lavarme los dientes y encontré mi problema de todas las mañanas: el lavatorio alto y el espejo todavía más. Así que me subí a la tapa del inodoro, que estaba en frente, para verme en el espejo. Me subí con cuidado para no caerme en la bañera que estaba a la izquierda y agarré mi dentífrico con sabor a frutilla. Terminé de lavarme los dientes y fui a la cocina para desayunar. Mamá me sirvió una chocolatada y yo agarré una tostada ¿hay mermelada o dulce de leche? Le pregunté. Como respuesta dejó el pote de dulce de leche en frente mío y me sonrió. Le sonreí de vuelta y comí mi desayuno. Cuando lo terminé, agarré mi mochila y salí con mamá al colegio.
Caminamos por las calles de asfalto y observaba los árboles grandes y altos del otro lado de la vereda hasta que vi la enorme puerta verde de la escuela. Esa puerta me hacía acordar a una vez que mamá me preguntó cuál era mi momento preferido del colegio y dije que el recreo porque me gusta más el patio, que era muy grande y con muchas plantas. Ahí podía hablar sin que la maestra me retara. Mamá se rio de mi respuesta y aunque no entendía por qué, me reí con ella. Me despedí de mamá y entré a la escuela. Fui al fondo del pasillo en donde estaba mi aula, entré y saludé a mi maestra. Ella no era tan alta como las demás y eso me llamaba la atención, como su pelo rojo. Fui al fondo del aula y me senté en mi banco, justo atrás del primo de mi mejor amigo Iván. Eso me hizo notar que él no estaba ¿en dónde está Iván? Le pregunté al primo, que me contestó que no sabía nada de él desde ayer. Bueno, quizás estaba enfermo. La escuela fue divertida, como siempre. Salí, saludé a mamá y volvimos caminando a casa. Hice la tarea hasta que cenamos, después me acosté y me dormí.
Al otro día me levantó mamá, me vestí, me lavé los dientes, desayuné y fui a la escuela. Cuando entré al aula, saludé a la maestra y fui a mi banco. Hoy tampoco estaba Iván, así que pensé en llamarlo esa tarde. Tocó el timbre, salí y saludé a mamá como todas las tardes. Cuando llegamos llamé a Iván como había pensado esa tarde, pero nadie contestó. Quizás estaban todos durmiendo. Como siempre, hice la tarea, cenamos y me fui a dormir.
A la mañana siguiente me levantó mi mamá, me vestí, me lavé los dientes, desayuné y fui a la escuela, como ya era costumbre. Entré al aula, saludé a la maestra y fui a mi banco. Descubrí que hoy tampoco estaba Iván. Pero antes de que pudiera preguntarle de nuevo a su primo, la maestra dijo, con una voz un poco rara: -Chicos… quería decirles que Iván no va a venir más a la escuela. Él se… cambió.”
¿Iván se había cambiado de escuela y no me había dicho? No podía ser… tenía que ir a su casa.
Tocó el timbre de salida y saludé a mamá. Apenas llegamos a casa le dije que iba a jugar a la casa de un amigo que vivía cerca y ella aceptó, con la condición de que vuelva temprano. Salí de casa y fui corriendo a la casa de Iván. Su casa se veía… diferente. Toqué el timbre, pero nadie abrió la puerta. La casa parecía estar vacía… ¿también se había mudado y no me había dicho nada? No podía creerlo, era imposible. Volví a casa muy triste, pero cuando llegué se me ocurrió preguntarle a mamá. Me dijo que estaba enfermo, como pensé ayer. Pero eso no fue lo que dijo la maestra… ¿qué estaba pasando?
Esa noche vinieron unos amigos de mamá después de cenar y ella me había dicho que vaya a dormir, pero me daba mucha curiosidad esa reunión. Así que me escondí atrás de una pared pegada al comedor, donde estaban todos. No entendía nada de lo que hablaban, pero escuché cosas relacionadas con Iván. Decían que sus papás eran “comunistas” y que lo que había pasado era una tragedia, pero… no entendía ¿qué tragedia?
A partir de esa noche todo se puso muy raro.- Las maestras no sonreían tanto como antes, cada un par de días dejaban de ir chicos a la escuela sin razón. No vi más a Iván, a veces, veía pasar autos raros por la calle. Todo estaba muy…gris.
Unos días después mamá me dijo lo más loco que había escuchado. Me dijo que guarde toda la ropa que podía en una mochila, que nos íbamos. Le pregunté muchas veces a dónde o por cuánto tiempo, pero no respondió nada. Solo me ayudó a armar mi mochila y después hizo la suya. Esa madrugada me despertó y agarró nuestras mochilas. Afuera estaba uno de sus amigos con un auto. No podía parar de preguntar qué estaba pasando. Me subí a la parte de atrás, mamá fue adelante y arrancamos. Pasamos por la escuela y la casa abandonada de Iván, dejando todo atrás. Poco a poco dejábamos el barrio en el que había vivido toda mi vida atrás. ¿Qué iba a pasar con el colegio? ¿Cuándo íbamos a volver?¿Y si volvía Iván y yo no estaba?¿A dónde íbamos? Cada vez nos alejábamos más.
-Tengo miedo- le confesé a mamá después de un largo rato de silencio.
Ella se dio vuelta y me sonrió.
–Va a estar todo bien, Pablo.


Cuento escrito en la clase de Lengua y Literatura por Mora Marabi, 4º 1ª TM.

viernes, 12 de octubre de 2018

Día del Respeto a la Diversidad Cultural

La "llegada" del europeo en las tierras americanas desde la mirada del historietista Oski...


Y según algunos protagonistas...
(Fragmento de una carta escrita el 10 de julio de 1528 por Luis Ramírez, soldado de la expedición de Gaboto al Río de la Plata)


Y del cronista Ulrico Schmild... retomado por Carlos Schlaen:




¿Querés leer más? Acercate a la biblioteca... ¡Los dos libros están disponibles en la sección Historietas!

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Festival de les estudiantes

Fue el jueves 20 a la tarde cuando jóvenes artistas de la Walsh se lucieron compartiendo su talento con toda la comunidad educativa... Compartimos parte de la fiesta:


Cobertura del evento: Milagros Gómez

jueves, 13 de septiembre de 2018

Espacio de Acción y Reflexión: Violencia Institucional


Ni la paloma
por Belén Acuña

Viernes a la tarde, salí de la escuela y fui a la plaza, Maxi me había dicho que encontró una changa en la casa de unos viejos podando una enredadera, que esperara ahí bien peinado que él me pasaba a buscar para ir juntos. Me senté en el único pedazo de banco que no estaba cagado por las palomas y saqué el sánguche de salame que me había preparado la vieja antes de irse al taller, tenía dos fetas de salame en vez de una como siempre. Me alegré e imaginé a la vieja preparándolo con sus manos gastadas de tanto coser, con la sonrisa en la cara cansada, pensando en mí y en Maxi, poniendo una feta para cada uno. Qué buena la vieja. Comí hasta la mitad y lo guardé otra vez en un bolsillo. Pasaron los pibes con la bocha, iban al descampado a jugar un picadito, me invitaron pero tenía que ganarme unos pesos, no podía pensar en el fútbol justo ahora. El viento en la cara, el grito del gol, todos cagados de risa. Pipi al arco, Maura de 5, Peluche por izquierda, Chiquito en el centro, y yo por el otro costado y los del barrio de al lado, enfrente, con la bronca en la jeta de que siempre les ganáramos. Pero no. Seguro enseguida llegaba Maxi. El sol calentaba pero el fresco se sentía en los huesos, como si el frío de toda la vida se hubiera acumulado y ya no hubiera abrigo que lograse hacer la diferencia. Pensé en el peinado pero igual me puse la capucha, los viejos no ven bien, no se iban a fijar. Me levanté y di una vuelta a la plaza a ver si lo veía con la remera de boca y la cicatriz al ladito de la ceja de la vez que se cagó a palos con los forros que venían a venderle mierda a los pibes y quedaban todos quemados, con el pecho ardiendo, tirados por cualquier lado. Maxi nos cuidaba. Era como el hermano mayor de toda la cuadra. Y eso que éramos un montón. Volví al banco sin suerte. Una paloma malparida me cagó un hombro. Miré para arriba y la putié. Pájaro ignorante, no me entendió nada y siguió ahí, quieto y sin pasarme cabida. Busqué en los bolsillos a ver qué podía usar para limpiarme. Nada. Me acordé del kiosco al otro lado de la plaza. Caminé bordeando la fila de árboles raquíticos que el gobierno de la provincia había mandado a plantar, como si eso solucionara algo, como si la gente tuviera menos hambre con ese manojo de ramas mal paradas en el medio del barrio. Un rati se paseaba por entre ellos, como custodiándolos, como temiendo que alguien fuera a hacerle algo a los árboles. Seguro ese gato había salido de un barrio como este, con una vida como la mía, pero claro, venderse a la yuta es más fácil que subirse a una escalera destartalada a cortar enredaderas un día, vender medias en el tren otro, limpiarle los autos a los garcas del otro lado de la avenida y así al infinito. Y ahora estaba ahí, custodiando árboles. Lo miré como se mira a quien ha traicionado. Él me miró como se mira a la caca de perro en la vereda para no pisarla. Caminé más rápido no fuera cosa que me pidiese el documento que me lo había dejado en casa. Llegué al otro lado de la plaza y el kiosco estaba cerrado. Seguro don Tito andaba enfermo otra vez y yo con la cagada de paloma en el hombro y en cualquier momento llegaba Maxi y tenía que estar presentable para los viejos y su enredadera. ¡Pero, claro! ¡Mirta! Mirta siempre estaba en la casa a esa hora, seguro tenía algo, además era para el lado del banco y me podía fijar si el flaco había llegado. Volví a cruzar la plaza, los árboles, y el cana que está vez me siguió de cerca. Me hice el boludo y seguí hasta lo de Mirta, bordeé el barro como pude y pasé las dos hamacas muertas que en algún momento habían podido usarse pero que ni yo lo recordaba. Miré el banco, estaba vacío, ni la paloma estaba. Me agaché a atarme los cordones, el rati se venía cada vez más cerca. Me dio un poco de miedo. Me levanté. El rati caminó más rápido, no me sacaba los ojos de encima. Apreté el paso. El rati corrió. "Ey, alto ahí". El banco estaba vacío y lo de Mirta al otro lado de la calle, estaba solo, había que llegar. Corrí yo también, a lo de Mirta, a donde sea, yuta con arma, yo sin documento, era fija que me llevaba, solo me quedaba ser más rápido y que Mirta le mintiera que era mi vieja, que le batiera la posta de que yo no hacía nada, que esperaba a Maxi para irnos a hacer una changa. A mí no me iba a creer, los ratis nunca creen en los pibes, como si hubieran nacido policías de un repollo, sin infancia ni hermanos, ni plaza ni nada. Miré para atrás y eso fue lo último. Primero nada. Todo borroso y la caída al piso, al charco de agua podrida entre el barro de la calle. Mucho más frío que nunca. Y la capucha... Y la capucha no ayudaba... Eso había sido ¿no? Rati traidor, ¿por una capucha? Cagón. El dolor insoportable en el pecho y todo mojado. Los oídos me zumbaron y vi cómo el cana se alejaba hasta la esquina con el handi en la mano chamuyando algo. De espaldas a mí, de espaldas al barrio. Me costaba respirar y el grito no me salía, quería pedir ayuda, que saliera Mirta a la puerta, que viniera mi vieja a consolarme, que llegaran los pibes, que viniera alguien, pero ni la paloma, y yo me seguía hundiendo en el charco. Pensé en el sánguche en el bolsillo mojándose, pero ya no sentía hambre, ya no sentía nada. No sé si lloré, los ojos se me escapaban en la oscuridad de a ratos. Y el pecho que dolía atemporal, como cuando se mete un gol o nace un hermano, los minutos no pasaron. No pasaron. Pensé en los viejos que nos estarían esperando, y yo ahí caído en el charco, sin tiempo, sin pecho, sin hambre, sin nada. Miré el cielo y deseé el descampado, me pesó la cabeza y la giré a un costado, vi al rati en la esquina, una camioneta se lo llevaba y me dejaba ahí tirado, supe que estaba solo, ni la paloma que me había cagado. Me pesaron los ojos y quise cerrarlos, lo último que vi fue el reflejo de Maxi llegando, sorprendido, asustado, con la cara llena de bronca como los del otro barrio, con las lágrimas en los ojos, con la camiseta de boca, la cicatriz, repitiendo mi nombre que se deformaba en el charco que ya no pudría solo el agua sino que se teñía de rojo y a mí me comía el barro.
                                                                                                                                                            29/6

lunes, 10 de septiembre de 2018


Ilustraciones de Pablo Chamber





Día del maestro, Día del bibliotecario, Día del profesor, Día del preceptor

Esta semana se festejan: 

  •  11/9 ,DÍA DEL MAESTRO en el aniversario de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento;
  •  13/9, DÍA DEL BIBLIOTECARIO  en conmemoración de la creación de la Biblioteca Pública de Buenos Aires (hoy Biblioteca Nacional), creada por un decreto de la Primera Junta el 13 de septiembre de 1810.
  • 17/9 DÍA DEL PROFESOR por el aniversario del fallecimiento de José Manuel Estrada, un exponente de la docencia secundaria y universitaria.
  • 19/9 DÍA DEL PRECEPTOR desde el 6 de octubre de 2009 reconocido como un cargo fundamental en cuanto a su función pedagógica.


miércoles, 5 de septiembre de 2018

De ficción y de trabajo

Los chiques de quinto año compartieron entrevistas compilando anécdotas sobre diferentes experiencias laborales y luego las ficcionalizaron. He aquí algunos relatos:


Recuerdo subterráneo  
por Leandro Spinardi

Cuando comencé a trabajar de maestra tenía que tomar el subte para ir y volver.
Una vez, de noche, estaba volviendo y, a pesar de que no era muy tarde, no había nadie en el vagón más que un señor viejo dormido.
En un momento el señor se despertó, y, con un tono entre preocupado y exaltado empezó a preguntar por una tal María, pensé que estaba borracho, me asusté, quería bajar en la siguiente estación y tomar otro subte pero en eso las luces del vagón empezaron a fallar, se prendían y apagaban cual focos de Navidad, y cuando me di la vuelta el señor había dejado de hablar, estaba parado mirándome fijamente. Asustada, traté de ignorarlo, pero en eso se acercó y me empezó a preguntar qué había hecho con María. Le dije que no sabía de quién hablaba, que no conocía a ninguna María, y me alejé de él. Se apagaron de nuevo las luces y, al prenderse, el señor había desaparecido, me quedé en shock. Pero antes de que me diera la vuelta ya había llegado a la estación, me bajé y caminé hasta mi casa muy nerviosa.
Al día siguiente vi en las noticias que un hombre apareció muerto en la misma estación en la cual su esposa, llamada María, había fallecido hace algunos años.


El esfuerzo de mi abuelo
por Micaela Servín

Una tarde, no tan igual a todas, el abuelo Tomás se quedó sin trabajo, se sentía un poco preocupado porque era quien llevaba dinero a la casa, y estaba a cargo de todos sus nietos.
Muy rápidamente dijo, “sea como sea mis nietos van a comer, voy a empezar a vender pan casero”. Así fue como comenzó un día a levantarse a las tres de la mañana y a sus nietos los despertaba a las seis para que lo acompañaran a vender en la puerta de una fábrica. Ellos con mucha fatiga se levantaban pero jamás se negaron a seguir a su abuelo. 
Vendían y vendían, y al regresar a casa lo hacían con las manos vacías, todos muy contentos al ver que generaban dinero para almorzar al mediodía todos juntos. Llegaba la hora de la tarde y la abuela Martina hacía rosquitas para vender junto al pan del abuelo Tomás, así tenían más plata para la cena.
Esto era todos los días hasta que llegó el día en el que al abuelo le llegó su primer sueldo de jubilación y ahí fue cuando dejaron de vender pan. Pero siguieron con las rosquitas.
Y, sí, a pesar de la dificultad y de las adversidades salieron a adelante todos juntos, es que cuando hay unión familiar con amor, esfuerzo y perseverancia, todo se puede superar.