miércoles, 15 de agosto de 2018


Una carrera con obstáculos

por Leyla Vela
Otra vez la misma rutina; la fría mañana de invierno y las ganas de seguir durmiendo me congelaban los pensamientos positivos. Luego de tomar mi taza de chocolate caliente como todos los días, éstos fluían y arrancaba mi camino al trabajo normalmente. Mi principal objetivo era dejar de vivir con mis padres porque ellos eran médicos y esperaban que yo también lo fuera. Yo quería ser una exitosa abogada y su presión no me dejaba estudiar tranquila, no respetaban mi decisión, estaban decepcionados e insistían en que cambie de carrera. Mi motivación ayudaba a mejorar mi desempeño laboral y aunque podía separar lo laboral de lo personal hubo un momento en el que estos se mezclaron y todo se fue en picada.
Yo era una simple empleada con mucha sed de independencia y sueños. Cuando terminé la secundaria ya tenía dieciocho años y empecé a trabajar en un estudio de abogados, lo cual era emocionante porque estaba relacionado a mi futura carrera. Todas las mañanas me encargaba de la parte administrativa. Se me erizaba la piel al pensar en que en algún momento yo sería la que tendría su propio estudio, la que estaría al mando. Algún día iba a terminar mi carrera y felizmente iba a dedicarme a algo que realmente me gustaba. Ya iba por mi segundo año de cursada y no me faltaba mucho para poder empezar a poner en práctica la mudanza; tenía mucha confianza en mí misma y estaba convencida de que todo el esfuerzo que estaba poniendo iba a tener sus frutos.
Uno de esos días en los cuales me tocaba hacer trámites, mi estado emocional no era muy estable. Recuerdo que la noche anterior había discutido con mi padre, lo que nunca había sucedido tan fuertemente hasta ese momento, y sentí cómo una parte de mi corazón se había roto; también sentí una decepción muy grande, quién sabe exactamente por qué. Creo que ni siquiera yo sabía por qué me sentía tan triste, después de toda la situación me puse a pensar… y Mario Benedetti dijo “tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento”.  Creo que ésto se hubiese podido aplicar a esa situación. De todas las veces que había ido a hacer trámites a los mismos lugares, ya teníamos como una especie de amistad con una de las chicas del banco; yo podía contar con su oído y su hombro cuando me sentía mal y ella con los míos. Solíamos ir a tomar mates al parque de vez en cuando, Nos podíamos quedar charlando por horas y horas, hablando de diferentes temas. Después de aguantar el llanto toda la mañana, me largué a llorar cuando la vi y hablamos acerca de lo que había pasado: le conté que no sabía si podría seguir con mi trabajo porque la depresión no me permitía hacerlo con tranquilidad. En esos momentos mi motivación se había desvanecido y mi optimismo era nulo. Sentí que ninguno de mis objetivos podría cumplirse, que estaba obligada a cumplir con las expectativas de mis padres para contar con su apoyo para que todo fuera más sencillo. Porque aunque estaba intentando seguir adelante con mis sueños, me faltaba el apoyo de mi familia y el orgullo de mis padres por todo lo que estaba logrando.
Tiempo después, su cara me hizo sospechar que algo había sucedido. A juzgar por su enorme sonrisa parecía ser algo bueno. Al acercarme le pregunté qué había pasado, a lo que respondió con otra sonrisa. Luego de insistirle unas veces me dijo que tenía una sorpresa para mí: me comentó que había un detalle del cual no me había hablado jamás. Me dijo que había un integrante de su familia que se encontraba en el lugar, que al conversar con él sobre mi situación demostró interés en ayudarme. En el momento no entendía cómo podía haber una persona interesada en ayudarme; quizás era por todo el pesimismo que tenía en la cabeza. Esperé unos minutos a que concluyera su jornada laboral y cuando volvió me dijo al oído para que nadie escuchase que su tío era el reconocido abogado Mauricio D’Alessandro, que estaba interesado en hablar conmigo pero que propuso hacerlo en un lugar privado para que podamos charlar tranquilos. Recuerdo que estaba muy emocionada, por un momento todo lo que estaba pasando dejó de importarme y mis ganas de seguir adelante con mi carrera eran inmensas nuevamente, sentí que mis energías se habían renovado, que todas las recomendaciones que me podría hacer me iban a ayudar mucho y eso que todavía no había hablado con su tío. Comenzamos a caminar hacia una de las oficinas de ese edificio enorme en la que nos estaban esperando con unos sillones, en los cuales podríamos quedarnos hablando por horas sin sentirnos incómodos. Era muy agradable el buen trato que estaban teniendo para conmigo; nos sentamos los tres a conversar sobre mi situación entre otras cosas y la verdad que fue muy emocionante. Mauricio sabía que yo estaba trabajando para poder irme a vivir sola y poder estudiar tranquila, así que nos propuso a mi amiga y a mí ayudarnos ¡para que nos pudiéramos mudar! Él era dueño de un edificio y nos ofreció quedarnos en uno de los departamentos, así las dos podíamos estudiar nuestras carreras deseadas. A mi amiga le gustaba mucho la idea de estudiar algo relacionado al turismo y como también vivía con sus padres, después de conversar un rato nos dimos cuenta de que era una buena oportunidad de por fin independizarnos. La felicidad que sentía en ese momento era inexplicable, estaba inmensamente agradecida de la oportunidad que me habían dado. También fue muy interesante hablar con Mauricio acerca de la carrera; me ayudó a darme cuenta, una vez más, de qué es lo que realmente quiero ser, me dio más determinación que la que ya tenía.
Después de que se me pasó toda la emoción del momento empecé a sentir nervios al pensar en la reacción que podrían llegar a tener mis padres, aunque ésta no fue como yo esperaba. Había pasado todo el camino pensando en cómo les iba a contar todo lo que me había pasado esa tarde y después de todas las cosas que se me ocurrieron decidí no pensar más en ello y dejar que todo fluyera. Cuando llegué a mi casa colgué las llaves y apoyé mis cosas en la mesa que estaba al lado de la puerta, colgué mi campera en el perchero que nos había regalado mi abuela y me dirigí hacia su pieza donde mamá estaba leyendo uno de sus libros favoritos. Respiré profundo antes de entrar y la saludé, Nos pusimos a hablar de cómo nos había ido a cada una en el día y después de eso le comenté que, si todo iba bien, en un tiempo iba a dejar de vivir con ellos. Me hubiese gustado comentarle a los dos al mismo tiempo, pero mi padre llegaba a mi casa al día siguiente y la felicidad y ansiedad no me dejaron esperar para contarlo. Mi madre se tomó muy bien la noticia. Se puso muy contenta por mí y me dijo que mi padre seguramente también lo iba a estar, más allá del mal momento que estábamos pasando.
Por suerte todo fue bien. A los dos meses ya nos habíamos terminado de mudar. Con la ayuda de la familia y los ahorros de las dos pudimos comprar las cosas básicas necesarias y las dos estábamos felices, trabajando y estudiando. No teníamos mucho tiempo para nosotras pero igualmente estábamos bien; teníamos la esperanza de que en el futuro íbamos a poder trabajar de lo que queríamos. Cada dos semanas más o menos Mauricio nos visitaba para ver si estábamos bien y si necesitábamos algo nos seguía ayudando. Éramos dos afortunadas. Finalmente me sentía libre: mi familia no estaba comiéndome la cabeza todo el tiempo con mi carrera, nos veíamos seguido, casi tres veces por semana y teníamos una mejor relación. A veces me pongo a pensar en si habré hecho una buena elección. Capaz fui egoísta y podría haber disfrutado más de mis padres, pero yo no lo llamo egoísmo, en el mal sentido de la palabra. ¿Vos qué pensás?


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